Autor: Raquel 22:48 / 26 Ene 2011 Comentarios : 4
Hoy comenzamos una historia de zombies por entregas. Se titula brillantemente, tras muchas divagaciones, quebraderos de cabeza y noches en vela de la escritora Raquel Andrés Durà, “Historias de Zombies”, o dicho en siglas, que queda más cool, HZ. El protagonista, Antonioz, es un niño zombie un tanto peculiar. Cada semana, la autora nos ofrecerá un nuevo capítulo. ¡Os esperamos!

En un lugar entre tumbas, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un joven zombie... Perdón, esto ya está muy visto. Dejadme que rompa la página... ras, ras... Ahora sí, empieza el primer capítulo de “Historias de Zombies”:
Otra vez cerebro. Antonioz estaba harto y así se lo hizo saber a sus padres, que empezaron a comer tras maldecir la mesa con cara de pocos amigos. En realidad, con la única cara que tenían.
–El señor Potaje nos ha dicho que debemos llevar una dieta equilibrada. Nos ha hablado de la pirámide de los alimentos –informó el niño a modo de queja.
El plato siempre contenía lo mismo: un buen trozo de cerebro humano de la última cacería y de guarnición, un poco de cerebro de pollo de la granja que ocupaba las horas de su madre.
–El señor Potaje cada día dice más tonterías –contestó Pedroz, el padre– En las únicas pirámides que conozco hay poco que comer. Poca carne fresca.
–No le digas eso al niño –le reprochó su mujer–. El señor Potaje tiene razón, Antonioz, por eso no nos limitamos a comer cerebro humano, sino que también nos comemos los sesos de los pollitos que criamos.
–Pero el señor Potaje...
–¿Acaso el señor Potaje es dietista? –interrumpió su padre.
El niño se quedó en silencio. No es que no conociera la respuesta, sino que no sabía lo que significaba “dietista” y por orgullo no quería reconocerlo. Así que siguió comiendo con cara de asco, que gracias a sus rasgos, tampoco le costaba mucho esbozarla.
–Cerebro humano de calidad. Doy la vida por ella, para alimentaros a ti y a tu madre. Los niños de hoy día no sabéis valorar las cosas. Demasiada escuela y demasiados conocimientos teóricos que no sirven para nada.
Su mujer le dirigió una severa mirada que silenció el resto de comentarios que flotaban por su cabeza entreabierta.
–Dice que también debemos comer carne fresca –Antonioz se ahorró “el señor Potaje dice que...” para ganar tiempo antes de que su padre atacara.
Pedroz y Luisaz se miraron con expresión de embarazo. Entonces fue la madre quien intentó ocultar la crisis económica que vivían con una voz dulce; desgarrada, pero dulce:
–Tu padre tiene razón. Debemos contentarnos con lo que tenemos. ¡Estos cerebros están deliciosos!
Para salvar la incómoda situación, Pedroz encendió la televisión y los tres se dejaron abducir por la serie de moda. Un adolescente que iba a la Academia de Formación Militar se arrancaba un brazo para horrorizar más y atraer a la chica más imperfecta del pelotón. Entonces el sargento se enfadaba con el joven sangrante porque ahora, con un solo brazo, era incapaz de manejar un arma pesada.
De acuerdo, la televisión no aportaba mucha inteligencia a los seres mediocres como ellos y, además, rompía el diálogo familiar. Pero la familia pocas veces tenía algo interesante que decir, bajo el punto de vista del padre. En momentos como aquel, era mucho más agradable embobarse con las banalidades ajenas de unos adolescentes que escuchar los comentarios estúpidos y las preguntas irresolubles de su propio hijo. ¿Acaso debía sentir afecto por él o algún sentimiento similar? ¿Implicaba algo haberlo nombrado su hijo? ¡Al demonio con él!, pensó Pedroz.
Vaya, la muchacha de la serie cada vez tenía menos dientes y los pocos que sobrevivían en su boca mustia eran más verdosos que los pollos febriles que cuidaba Luisaz. Realmente era una chica de muy buen ver. Por si fuera poco, era un placer verla en acción atacando a personas. ¡Qué sigilo, qué gracia, qué estilo, qué efectividad! El récord de la chica era diez infectados en un minuto. Eso ya no se lo creía, era demasiado falso. En fin, pura ficción televisiva. Más falso que un zombie con labios carnosos. De todas formas, prefería “Al salir de la Academia” antes que “Operación Zombie”, donde unos cuantos idiotas se disputaban el reconocimiento del público sobre quién era mejor zombie y el premio era un contrato de un año como alentador de tropas en la Academia Nacional Militar. Nunca duraban más de ese año convenido. El éxito es así, un día se está arriba hasta que el siguiente ganador lo relega al olvido.
Antonioz apuró el último trozo gelatinoso de su plato (¿qué podía hacer? era el único manjar disponible) y miró a su padre. Estaba absorto con la pequeña pantalla. Sabía que le gustaba la chica de la serie. Casi sentía pena y compasión por su madre, pues pensaba que no se había dado cuenta de ello y que vivía ilusa creyéndose deseada por su pareja. En ese momento le odió: le dieron asco sus salientes ojos, su boca torcida y su rostro sarnoso; le repugnaron sus cabellos grasientos, sus protuberancias faciales y sus delgados y escuálidos dedos; le entraron ganas de vomitar con sus uñas roñosas, sus dientes corroídos y su aliento fétido. Odiaba su olor a muerto y su intenso color de pepinillo. Dicho así, todo parecían virtudes. Todo él era adorado por su madre. Pero le odiaba, y aunque fuera idealmente imperfecto, abominaba todas sus virtudes y defectos. Le aborrecía su comportamiento y sus ideas. En pocas palabras, y como todo hijo de vecino, el niño se diferenciaba de su padre como acto de rebeldía. Así es como Antonioz comenzó a cuestionarse ciertas cosas.
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